miércoles, 30 de noviembre de 2011
Nanowrimo 50k: El fin de noviembre
jueves, 24 de noviembre de 2011
Nanowrimo 40k
jueves, 17 de noviembre de 2011
Nanowrimo 25k
http://www.youtube.com/watch?v=lDK9QqIzhwk&ob=av3e
I’m half way there! Ya solo queda la otra mitad del reto, la que (al menos para mí) es la más difícil. Este es el momento en el que de repente un escritor se da cuenta de que no tiene trama, o de que tiene trama, pero se encuentra en un vacío en el que no sabe como hacer que avance, en el que se da cuenta de lo rematadamente sosos que son sus personajes o de que directamente estos no tienen una personalidad definida. Pues bien, ahí estoy yo ahora mismo.
En cuanto a trama, ya puedo dar por concluida la primera parte de la novela. Este es el momento en el que el conflicto gordo se deja entrever y está a punto de descubrirse. Todos los personajes importantes están ya sobre el tablero y, una vez descubran lo que está pasando, deberán decidir como actuar. El problema es que no se como dar el paso de que descubran lo que están tramando en el territorio de las Sombras.
En cuanto a personajes, puede que sea por la falta de perspectiva, pero creo que al menos tres de ellos son iguales. El problema es que dos de esos tres son los protagonistas. Creo que voy a hacer que el protagonista sea más pedante cuando habla con confianza y más asustadizo cuando no está seguro de lo que está pasando. En cambio, la co-protagonista va a tener que ser más sarcástica con él y aún más dulce con el resto (escribir estas entradas ayuda bastante a pensar en los problemas y como solucionarlos).
En cuanto al agujero negro entre puntos de la trama… he decidido ponerme un reto para solucionarlo. En los foros de Nanowrimo hay montones de hilos con todo tipo de retos, pero yo he decidido mezclarlos con otras cosas para definir un poco como va a seguir la historia. He cogido uno de esos retos “al azar”, es decir, he cogido el primero al azar que podía meter en esta novela. Después, he abierto el libro que tenía al lado (“Susurro de besos” de Dorianne) y he cogido también una frase al azar. Y, por si con eso no tenía bastante, he sacado tres cartas del tarot y he apuntado la interpretación de estas que creo que más se ajustaba a la novela y sus personajes. Resultado:
Dare: Include a person with rainbow hair in your novel: Incluye en tu novela una persona con el pelo de arcoiris (No hace falta que me lo digas dos veces, me encanta el pelo de arcoiris *-*. Aunque creo que no va aparecer mucho en la novela).
Frase: Se la estaba jugando ese cabronazo y un dia le iba a dar un buen puñetazo en la boca. (Esta me ha encantado porque define muy bien los sentimientos del protagonista por uno de los personajes)
Carta 1: Cuidado con reaccionar inadecuadamente ante alguna situación con prisas o vehemencia (y no quiero mirar a ningún personaje de pelo azul que pueda meterse en líos por no pensar las cosas)
Carta 2: Quizás sienta que alguien se separa de usted (ya había estaba pensando si separar temporalmente a la pareja principal. Parece que es una buena idea)
Carta 3: Aplazamos nuestras decisiones, dudamos a la hora de comprometernos (y esta puede ser la razón).
En cuanto al que he escrito en estás últimas 5000 palabras hay que destacar que mis personajes me han dado una agradable sorpresa. Pensaba que no iban a estar juntos hasta dentro de un montón de capítulos y, aunque técnicamente aún no tienen una relación seria ni nada, Blue ha decidido que Ed merece la pena lo suficiente al menos para besarle.
Y entonces volvieron a quedarse en silencio, mirándose el uno al otro. Ed sentía que se estaba ahogando en esos ojos de un azul tan intenso y claro como el del mar en un día de verano. No quería salir de ellos, no quería respirar, pero sabía que si no dejaba de mirarla acabaría haciendo algo que podría traerle muchos problemas. Haciendo un esfuerzo que le pareció sobrehumano intentó alejarla de sí a la vez que apartaba la mirada. Sin embargo, su esfuerzo fue en vano, porque tan pronto como movió la cabeza las manos de Blue se posaron en sus mejillas y le obligaron a volver a mirarla. Estaba sonriendo ligeramente, aunque la expresión de sus ojos era la de alguien que estaba mirando a un abismo, intentando decidir si saltar sería una buena idea o si era mejor quedarse en tierra firme. A pesar del miedo, su expresión se volvió decidida, dispuesta a saltar al vacío.
−Que no se te suba a la cabeza, ¿eh? −susurró mientras acercaba su rostro al de él. Más tarde le sería imposible recordar los detalles de lo que pasó o de por qué pasó. Lo único que le importaba era que los labios de Blue, de su Blue, se habían posado ligeramente contra los suyos en un suave beso. Apenas había sido un roce de labios, pero Ed podía jurar que en aquel momento había muerto y estaba en el paraíso. Tras unos segundos que parecieron prolongarse una eternidad, la chica finalmente se apartó y se puso en pie. Sin más empezó a caminar de vuelta a su habitación−. Intenta al menos descansar las horas que quedan antes de que tengas que ir a la universidad.
En fin, nos vemos dentro de 5000 palabras, ya contaré como me ha ido la cosa.
jueves, 10 de noviembre de 2011
Nanowrimo 20k
−Blue.
−¿Blue?
−Sí.
−¿Sólo Blue?
−Exáctamente.
−Conoces a Blue. Era perfecta.
−No, Blue. −¿Blue? ¿Blue?
−Edmond, soy Gold. −Blue. Blue sonrió.
Te quiero, Blue.
viernes, 4 de noviembre de 2011
Nanowrimo 10k
Esta es la historia de Edmond, un universitario normal y corriente, y Blue, una chica con más de un secreto. Cuando Ed rescatá a Blue de unos matones no puede evitar enamorarse locamente de ella. Un segundo encuentro y una sonrisa le confirma que lo suyo es cosa del destino. Lo que no sabe es que detrás de esa sonrisa tímida se oculta un mar de inseguridades, heridas aún sin cicatrizar y una guerra tan antigua como el mismo tiempo.
−Tu cara me suena mucho, ¿no nos hemos visto antes? −la pregunta solo consigue que la chica se ría a carcajada limpia.−Oye, acabas de salvarme de una paliza, creo que esos trucos tan malos para ligar sobran −¿ligar? Bueno, no le importaría, pero de verdad que no era eso lo que pretendía. No esta vez.−No, no. Lo digo en serio. ¿Cómo te llamas?−Lo cortés cuando te presentas es decir tu nombre primero −su tono travieso solo hace que quiera saber la respuesta aún más.−Soy Edmond. Tú puedes llamarme Ed. ¿Cómo te llamas? −le dice rápidamente.−Blue.−¿En serio te llamas así? −La chica sonríe a la vez que niega con la cabeza, haciendo que su cascada de pelo azul se agite alrededor de su cara. Es tan hermosa−. Entonces tienes un nombre de verdad.−No, sólo Blue −contesta con una sonrisa que cada vez parece más triste−. Muchas gracias por haberme ayudado, Ed. No mucha gente haría algo así.
lunes, 31 de octubre de 2011
Adictos a la escritura: Especial Halloween
Laura estaba sentada en el sofá cuando tuvo que levantarse y salir corriendo. No sabía el por qué, no sabía hacia donde, pero sí tenía claro una cosa: tenía que correr. Los pasillos informes quedaban atrás uno tras otro, conectando lugares que estaban a kilómetros de distancia los unos de los otros. Y entonces, aún sin volver la vista atrás, lo vio. En su mente el monstruo era poco más que una sombra sin forma concreta, pero eso la aterrorizaba más que ninguna otra cosa. Ahora estaba detrás y al segundo siguiente lo tenía delante, a su lado, cada vez más lejos. Cada vez más cerca. “Esto es solo un sueño” escuchaba la voz rodeándola. La iba a atrapar, tenía que salir de allí. “Creo que voy a matarte”.
−¿Qué está pasando aquí? −La voz de uno de los doctores la devolvió al mundo consciente. Miró el reloj de la mesilla: eran las tres de la mañana. Había vuelto a gritar en sueños y había despertado a su compañera de habitación quién, por supuesto, había empezado a gritar también. El doctor le inyectó algo a la otra chica que enseguida volvió a dormirse y se volvió hacia ella.
−Estoy bien, estoy tranquila −le dijo ella sin levantar la mirada antes de que abriera la boca. Aparentemente eso era todo lo que les importaba.
−Tienes que aceptar un tratamiento, no puedes pasar así todas las noches −Laura intentó no resoplar. Hacía meses que no dormía más de tres horas cada noche. Ya había intentado tomar somníferos y lo único que habían conseguido había sido encerrarla durante ocho horas de pura tortura en aquel horrible lugar de su mente. No, prefería las cosas como estaban. No se molestó en responderle. Sabía que aquel hombre nunca escuchaba realmente.
El sol le quemaba en la nuca y eso le gustaba. Tenía que aprovechar todas las horas al aire libre que le quedaban antes de que decidieran que estaba demasiado loca como para no internarla. Nadie la escuchaba, ella no estaba loca, no como el resto de gente del grupo de terapia.
−He oído que esta noche has vuelvo a gritar en sueños −le dijo una voz amable a su lado. No le gustaban los doctores, pero tenía que reconocer que ese al menos hacía el esfuerzo de escuchar lo que se le decía− ¿Quieres hablar de ello?
−¿De qué, doctor?
−Del accidente −por supuesto, de que si no. El accidente de coche había ocurrido hacía meses, ella no había ido al volante, así que sabía que no había sido culpa suya. Había lamentado la pérdida de su marido y su hermano, por supuesto, pero eso era todo. No estaba en shock y no se sentía culpable, su problema no tenía nada que ver con eso. Si estaba así era por culpa del monstruo de sus pesadillas. Apartó su mirada del médico y se volvió a mirar los árboles que la rodeaban−. Ya me habían dicho que no querrías hablar de ello.
−No es relevante, doctor. Mi problema es otro.
−Entonces háblame de ello. Háblame de tus pesadillas.
Había hablado de sus pesadillas con el primer psicólogo, pero este lo trató como algo sin importancia y la miró como si estuviera loca cuando ella insistió. Por otra parte, sabía que planeaban encerrarla de todos modos, así que no tenía mucho que perder. Y aquel hombre sabía escuchar. Suspiró y le contó que en sus pesadillas corría mientras una sombra la perseguía. Nada más.
Esa noche abrió los ojos y eran las cinco de la mañana. Había dormido dos horas más que de costumbre y, sin embargo, sentía que había pasado menos tiempo huyendo. La pesadilla había durado menos. En silencio, se levantó y salió fuera de la cabaña. Solo habían sido dos horas más, pero se sentía más despierta que nunca. De pronto, sintió una brisa en su espalda que la sorprendió, pero decidió no darle importancia. Esperó a que saliera el sol y fue a buscar al médico que escuchaba. Tenía que contarle todo sobre sus pesadillas.
Cuando lo encontró vio que tenía los ojos hinchados y ojeras, pero no le dio mayor importancia. Él la recibió con una sonrisa y, aunque pareció titubear cuando le dijo que quería hablar con él, la escuchó pacientemente. Le explicó todo: desde el lugar donde se encontraba hasta lo que sentía en cada momento de sueño. Cuando terminó sintió que se había quitado un gran peso de encima. Quizá aún no estaba todo perdido, quizá aún tenía una oportunidad de recuperar su vida.
−Espera, Laura −le dijo el médico antes de que se marchara−. Quiero que entiendas, que esta pesadilla es solo tuya.
−No le entiendo doctor.
−Esa pesadilla no es mía, no es de nadie excepto tuya −titubeó unos segundos antes de suspirar−. Solo tú puedes superarla.
¿Es qué no la había oído? ¡Ya había empezado a superarla! Al hablar un poco de ella se había hecho más corta, seguro que contándolo todo desaparecía por completo. Intentando no pensar mucho en sus palabras, salió de la habitación.
Esa noche no tuvo pesadillas, pero algo la despertó. Eran las cuatro de la mañana, pero sentía como si hubiera dormido nueve horas. Era la primera noche que descansaba de verdad desde hacía meses. No tenía sentido seguir en la cama sabiendo que no volvería a dormirse, así que se levantó y volvió a salir de la cabaña. Todo estaba rodeado de una oscuridad inimaginable para alguien que hasta entonces solo había vivido en la ciudad. En mitad de la montaña la noche tenía un color diferente.
Empezó a andar por la hierba, intentando no alejarse mucho de las cabañas. Un escalofrío recorrió su espalda. Paró en seco, intentado normalizar su respiración. “Está bien, no pasa nada”, se dijo, “es solo que he olvidado la chaqueta, eso es todo”. Dio un paso atrás. Otro escalofrió. No pasaba nada, sabía donde estaba la cabaña. Cerró los ojos y empezó a andar. Quería correr, pero no podía. “Abre los ojos” escuchó la voz frente a ella y, a la vez, a su espalda. “Esto es solo un sueño” canturreó burlona. Ella sabía que no lo era, se había despertado.
Empezó a correr, creyendo ir en dirección a las cabañas, pero sin estar totalmente segura. “Esto es un sueño, voy a matarte” la voz cada vez estaba más cerca, “igual que tú nos mataste a nosotros”. Abrió los ojos de golpe. La voz tenía razón, aquello era un sueño. Tenía que serlo porque estaba flotando en el aire y su marido y su hermano estaban con ella.
−No sé como pudo pasar. Se encontraba mucho mejor. Ayer mismo estuve hablando con ella y hubiera jurado que se recuperaría en cuestión de semanas. Parecía que el estar aquí era justo lo que necesitaba −la voz del médico estaba contraída por la frustración y el nudo que sentía en la garganta. Antes de irse a dormir se había asegurado de que todas las puertas estaban cerradas, como todas la noches. Había pasado a su habitación y ella había estado durmiendo con la expresión más calmada que había visto nunca en la mujer. No sabía que había podido ir mal. Lo último que hubiera esperado esa mañana era que le dijeran que habían encontrado el cadáver de Laura en el fondo de uno de los acantilados.
jueves, 27 de octubre de 2011
Cosas que he aprendido escribiendo el ejercicio de este mes.
lunes, 15 de agosto de 2011
Maratón de escritura: El fin
viernes, 12 de agosto de 2011
Maratón de escritura: ¡Día 4!
jueves, 11 de agosto de 2011
Maratón de escritura: Día 3
−¿Entonces hay tiendas aún más grandes? −Preguntó Sarah con los ojos abiertos como platos.
−Claro −le respondió con una sonrisa, aunque aún era incapaz de mirarle a la cara−. Todos los estudiantes van a los almacenes, allí tienen de todos.
−Anda, ¿y por qué no vas allí, entonces?
−No… los almacenes no venden a alumnos de nuestra escuela −dijo sonrojándose. Caminaron unos segundos en silencio en los que la chica no dejaba de jugar con los bordes del paquete que llevaba en las manos.
−Tú… eres nueva aquí, ¿verdad? −Sarah asintió−. ¿Cuál es tu escuela?
−De momento, ninguna. Mi amiga y yo hemos visto un montón de escuelas, pero ninguna nos convence −era a ella a quién no la convencían, pero eso era lo de menos−. Nos recomendaron algunas como Saint Michell o la escuela de Escarlata, pero…
−¿Puedes entrar en Michell o la Escarlata y no vas a hacerlo? −Tenía la boca tan abierta que podía ver perfectamente hasta la última de sus muelas blancas. Cuando vio que Sarah la miraba perpleja, apartó rápidamente la mirada. Tenía hasta las orejas rojas, pero Sarah sonrió. Aquella chica era adorable.
martes, 9 de agosto de 2011
Maratón de escritura: ¡Día 2!
La biblioteca era grande. Bueno, para que engañarse, la biblioteca era enorme aún comparándola con los mejores sueños de Sarah. El taller en realidad no era un taller, sino una serie de almacenes gigantescos donde cada una dispondría de espacio y lugares más que suficientes hasta para trabajar en un barco volador... si se les permitiera trabajar en uno. O en cualquier cosa, de hecho. Mientras la directora del lugar les explicaba el método de trabajo de la escuela, Lu no podía evitar fijarse como las arrugas entre las dejas de Sarah no dejaban de aumentar.
−Y, por último, estos son los dormitorios −explicó la mujer mientras les mostraba otro edificio enorme−. Compartiréis habitación con otras tres chicas. Las puertas se cierran a la caída del sol, así que aseguraros de estar de vuelta antes o tendréis que dormir en la calle. Lu miró a Sarah y Sarah le repondió arqueando la ceja y con una mueca en el labio que gritaba "¿acaso te lo estás pensando?". Lu suspiró. Era la quinta escuela que veían y ninguna había convencido a Sarah. En todas había algo que hacía que la chica dijera un no rotundo. En la primera no le gustaba la biblioteca. En la segunda el taller le parecía demasiado pequeño. En la tercera los profesores le parecían idiotas. Cuando fueron a visitar la cuarta y, un vez más, Sarah dijo que no ya ni siquiera se molestó en preguntarle que no le había gustado. No lo entendía, a ella todas las escuelas que habían visto le parecían tan buenas, si no mejores, que a la que iban en el pueblo. Al salir de la quinta escuela se lo dijo, pero Sarah sacudió la cabeza.
−Por eso, Lu. No hemos salido del pueblo y caminado durante días para hacer lo mismo que hacíamos allí. Necesitamos algo diferente, un lugar donde vayamos a aprender de verdad.
lunes, 8 de agosto de 2011
Maratón de escritura: ¡Día 1!
−Me llamo Sarah… Sarah Windspell −dijo la muchacha casi tartamudeando, pero sin apartar la mirada de las personas que se sentaban tras la mesa−. Soy alumna de la señora Margaret de la escuela de ingeniería. Soy… soy una buena alumna, pueden preguntarle −la chica cerró sus ojos marrones y respiró hondo. Las palabras que tantas veces había ensayado abandonaron su boca en un torbellino−. Hoy me presento ante ustedes, el Consejo, para solicitarles permiso para ir a estudiar un año al extranjero. En otras ciudades, los avances técnicos permiten a…
−Es suficiente, el Consejo ya ha escuchado todo lo que necesitaba −dijo el hombre del centro en tono cortante. La chica se quedo paralizada, mirando los rostros de cada uno de los cinco hombres que se sentaban ante ella.
−Pero… pero, señores −intentó decir mientras se tiraba de las abultadas y molestas mangas de su uniforme−, aún no han escuchado mi proyecto.
domingo, 7 de agosto de 2011
Maratón de escritura
lunes, 11 de julio de 2011
Adictos a la escritura, proyecto de julio
El permiso del fugitivo
Miró al cielo y vio que el sol empezaba a caer. Ya veía el mar en la distancia y sabía que al ritmo que iba llegaría justo al anochecer. Aún así, picó espuelas esperando no agotar demasiado a su caballo en los últimos kilómetros que le quedaba para llegar a la playa. Sabía que era absurdo, que por mucho que corriera el sol no iba a desaparecer más deprisa y que no pasaría nada hasta que no acabara el día y pudiera ver las estrellas en el cielo. Todos los años esperaba con ansia que llegara el día 11 del séptimo mes, el cumpleaños de su amado y odiado John.
Cuando llegó a la playa el sol aún le calentaba los brazos, pero aún así se dio prisa en bajar los fardos que llevaba su montura y en preparar una tienda decente para pasar la noche. Una vez el pequeño campamento estuvo montado, recorrió los alrededores juntando ramitas y troncos secos que apiló frente al mar. Solo entonces, se sentó a esperar. Justo cuando el último rayo de luz desaparecía en el cielo vio una antorcha que le iluminaba.
Allí estaba él, radiante como siempre a pesar de vivir en constante huída. Al principio, antes de que todo empezara, había sido hermoso, muy hermoso, pero ahora el sufrimiento se reflejaba en sus arrugas y en su pelo blanco. Sin embargo, para él seguía siendo el hombre más guapo de toda la Tierra. Además, a él los años no lo habían tratado mucho mejor. ¿Cuánto tiempo había pasado? Quince, veinte años… demasiados, sin ninguna duda. Sin decir una palabra, entró en el campamento y encendió la pequeña hoguera.
−Wilson. −Dijo finalmente casi sin mirarle a la cara. Se sentó a su lado, acercándose tanto como pudo a la hoguera.
−John, −respondió sin apartar los ojos de aquella figura que, pese a los años, seguía siendo poderosa. Entonces vio que estaba empapado−, ¿por dónde has venido este año?
−Señor inspector, −dijo con una sonrisa en sus labios−, creía que hoy era mi día de permiso. Deje sus interrogatorios para cuando consiga por fin echarme el guante… si es que lo consigue alguna vez. −Había pasado quince… o quizá veinte años intentando arrestar a ese hombre y, aunque en ocasiones había llegado a rozarlo con los dedos, nunca lo había conseguido. Aún así no perdía la esperanza−. Hoy es mi cumpleaños, que no se te olvide.
−No, no lo olvido. −Respondió mientras alargaba la mano para tocar su rostro y obligarle a mirarle a los ojos. Allí aún vivía aquel brillo que cautivara su corazón tantos años atrás, un brillo que ni siquiera los largos años a la fuga habían podido tocar−. El único día del año en el que yo dejo de ser un policía y tú mi fugitivo.
−Es un buen regalo. Si no hiciéramos esto no volveríamos a vernos jamás −comentó con su habitual sonrisa torcida.
−No digas eso, no sería capaz de vivir sin ti −y era verdad, pero siempre se castigaba mentalmente por ser tan sincero con él. Ya bastante creído se lo tenía.
−Lo sé −respondió mientras le pasaba un brazo por los hombros para atraerlo hacia él. Wilson se dejó llevar y apoyó la cabeza en su hombro. La primera vez que hicieron eso había acabado con una sensación extraña en el estómago. Durante semanas fue incapaz de mirar a ninguno de sus compañeros a la cara, sabiendo que había tenido entre sus brazos a un criminal y lo había dejado marchar. Sin embargo, la alternativa no habría sido mucho mejor, ya que para detenerlo habría tenido que romper la promesa que le había hecho a John y él era un hombre que nunca rompía sus promesas. Con el paso del tiempo la culpa se había hecho más llevadera, pero nunca había llegado a desaparecer del todo. Aún así, no podía evitar esperar con ansía esos cumpleaños.
−Este año no escaparás.
−Claro, claro. Igual que el año pasado y el anterior.
−Este año te atraparé.
−Lo que tú digas −Lo atrajo más hacia si para rozar sus labios en un suave beso−, pero te repito que hoy es mi cumpleaños, vamos a celebrar.
−Sí… −suspiró−, feliz cumpleaños.
Sin una palabra más se dejó llevar por sus fuertes brazos, por sus suaves palabras. Sabía que John disfrutaría de aquella noche al máximo, siempre se le había dado bien vivir el momento. Sin embargo, entre aquella maraña de amor y placer, Wilson no podía evitar pensar en el largo año que le esperaría por delante persiguiendo a aquel hombre al que tanto amaba. Sobre ellos, la luna continuaba su camino y el azul del cielo había dejado de ser tan oscuro cuando, por fin, Wilson cayó rendido sobre la arena, incapaz de mantenerse despierto ni un segundo más.
Tenía la sensación de apenas haber dormido unos minutos, pero cuando escuchó los graznidos de las gaviotas y abrió los ojos vio el sol sobre él. Miró a su alrededor, sabiendo de antemano que iba a encontrar. El mar frente a él, la hoguera fría desde hacía horas a su lado y una carta sujeta al suelo con una concha. “Hasta el año que viene” rezaba la elegante caligrafía. Igual que todos los años. Suspirando, empezó a recoger el campamento y a cargar a su caballo para volver a la ciudad.
lunes, 4 de julio de 2011
Wikio
La página es esta: http://www.wikio-experts.com
Y aquí están algunos artículos que he escrito:
- ¿Cómo aprender a tiras las cartas del tarot?
- Cinco ideas originales para mejorar una casa de muñecas
- Amigurumi: peluches de ganchillo fáciles y adorables
Como veis los temas son de lo más variopinto. Si alguna está interesada en la página y no os importa, me gustaría invitaros (ya que te dan algunas ventajas si invitas gente, lo normal en estas páginas).
martes, 24 de mayo de 2011
Adictos a la escritura. Ejercicio de mayo: microrrelato
Bueno, este es mi pequeño aporte para el ejercicio de este mes de Adictos. En esta ocasión teníamos que escribir un microrrelato y no podía fallar, me encantan los microrrelatos. ¡Espero que os guste!
RASCACIELOS
Cuando el último árbol cayó, una lágrima rodó por su rostro. La guerra había acabado y, esta vez, parecía que habíamos perdido. Yo no quise mirar, pero tan solo era un gesto simbólico. Todo a nuestro alrededor era pura desolación, mirara donde mirara solo iba a encontrar aquellas enormes moles grises que se amontonaban hacia el cielo. No podíamos seguir allí. Aquel lugar, quizá el mundo entero, estaba acabado. Tiré de su mano, quise caminar y que nos alejáramos de ese lugar, pero ya era demasiado tarde: sus pies habían empezado a echar raíces en aquel suelo polvoriento. Con una triste sonrisa, decidí quedarme a su lado. El bosque no podía morir.
jueves, 28 de abril de 2011
Hoy...
jueves, 31 de marzo de 2011
Adictos a la escritura: Regálame una foto

jueves, 3 de marzo de 2011
Scene 20: Sueño
Horas más tarde, sujetándose con las manos a una pared para no perder el equilibrio, por fin era libre de volver con Misha. Le esperaba despierto, como siempre, sin importar lo tarde que llegara. Al fin y al cabo era su deber. Y, como siempre, al verle llegar en tan terrible estado se echaba a llorar mientras le curaba sus heridas e intentaba hacerle sentir mejor. Si algo bueno tenían las noches era eso, su querido Misha demostrándole lo importante que era para él, lo mucho que lo quería... aunque nunca fuera a quererle de la misma manera que él.
−Tienes que marcharte ya −dijo ese día de repente. Ya había insistido antes en que huyera, pero nunca así−. No solo por esto, no esta vez. Tu vida corre peligro, mi querido hermano. No te preocupes, Amir nos ayudará, tenemos un plan y...
Su voz empezó a perderse en la lejanía. "Hermano" y "Amir" eran las dos palabras que más odiaba en el mundo y fue la única excusa que necesitó su mente para caer inconsciente. En sus sueños, volvía a escuchar el canto de los pájaros.
viernes, 25 de febrero de 2011
Me gustaría tener...
Porque sí, tengo a medias la novela de las tribus, concretamente tienen acorralado a un enemigo y están intentando sacarle información sobre el paradero de Emmet. Además, ellos no lo saben, pero el resto de enemigos vienen de camino y van a tener que salir corriendo dentro de nada sino quieren acabar siendo el aperitivo de los carroñeros del bosque.
Y en medio de todo esto... se me han aparecido cuatro "hermanos" huérfanos, de los cuales solo dos son hermanos de sangre, que crecieron juntos. Dos de ellos acabaron enamorándose y casándose, de hecho tienen dos hijos adoptivos, y esta fue la gota que colmó el vaso de la tensión que existía entre los dos hermanos mayores, lo que acabó en una gran pelea. Vamos, que no tiene absolutamente nada que ver con las tribus. Es una idea que se sitúa en el mundo real, en nuestra época actual. No hay aventura ni hay magia, solo personas que intentan abrirse un camino en el mundo.
En fin, es una idea que tendrá que esperar y madurar mientras sigo con las tribus, que las he vuelto a coger con ganas. Por suerte la nueva historia solo tiene personajes, aún no ha encontrado su trama.
Esta claro que pedirle al cerebro que esté totalmente concentrado en una sola cosa por un largo período de tiempo es misión imposible.
jueves, 24 de febrero de 2011
Cinco mantras para el escritor
Si podéis, leerlo en el original, porque no voy a hacer una traducción, sino que los voy a explicar a mi manera, basándome en mis propias experiencias. Quizá en el futuro intente traducir alguno de los artículos más interesantes (si me lo permite su autor, claro). Sin más, solo deciros que yo esto lo tengo colgado en una pared, para cuando miro la hoja en blanco y salgo corriendo porque no tengo nada interesante que contar (o eso creo):
1. La peor novela que escribas es mejor que la mejor novela que haya en tu cabeza.
Porque la gente aún no puede leernos la mente. En cambio, si escribimos pueden decirnos que les ha gustado y que no y así es como se mejora.
2. Aquí. Ahora.
Al escribir, especialmente el primer borrador, es fácil distraernos con que si debería de ir dando pistas para algo que pasará dentro de veinte capítulos. Si perdemos la concentración es probable que abandonemos el teclado o el bolígrafo y empecemos a dibujar esquemas y demás cosas que solo van a distraernos. Olvidate del bosque, mira a los árboles que tienes frente a ti y sigue escribiendo. Resuelve la situación en la que están metidos tus personajes, mételes en otra mucho peor y haz esto hasta que de repente, ¡zas! ¡El final del libro!
3. Para escribir una buena novela, primero hay que escribir una mala novela.
A escribir se aprende escribiendo, no dejéis que os engañen y os hagan pensar que escribir es algo innato, que un día te vas a sentar y vas a crear una obra maestra del tirón. Aún no he conocido a nadie, por mucho talento y experiencia que tenga, que haya escrito una magnífica novela a la primera. Incluso los escritores profesionales escriben basura que, tras un largo proceso de revisión, se convierte en otra buena novela que saca al mercado. Si me permitís la comparación cursi, pensad en vuestra novela como en un cisne: primero será un bicho feo, marrón y con plumillas, pero con tiempo y echándole mucho trabajo, acabará siendo algo impresionantemente bello.
4. No mires atrás.
No es que te persiga un asesino entre las sombras, pero casi. Al escribir el primer manuscrito es normal que cambien muchas cosas de nuestra idea original y que nos sintamos tentados a volver atrás y reescribir. ERROR. Cuando escribamos el primer manuscrito tenemos que echar de la habitación al editor que llevamos dentro y escribir, solo escribir. ¿Qué al final lo que escribimos al principio no va a tener mucho sentido? Cierto, pero incluso si hubiéramos vuelto atrás para reescribirlo, seguramente aún le faltaría algo, porque realmente no podemos saber a ciencia cierta como va a ser un libro hasta que escribimos "Fin". Yo reescribí el principio de un libro porque dejó de encajarme. Ahora voy por la mitad de la novela y resulta que tengo que reescribirlo entero otra vez. La primera reescritura fue un tiempo que perdí y que podía haber utilizado para seguir avanzando el libro en sí.
5. El trabajo se hace poco a poco.
Y cuando digo poco a poco, quiero decir hasta el más ínfimo trabajo ayuda. Puedes proponerte escribir todas las noches, no sé, 1500 palabras, por ejemplo. Las dos primeras noches cumples con tu propósito a raja tabla, pero a la tercera unos amigos te invitan a cenar. ¿Es realmente necesario renunciar a tu vida social para escribir? No, y no solo eso, sino que otras noches llegarás demasiado cansado del trabajo/universidad/lo que sea, y no tendrás fuerza para nada. Por eso hay que aprovechar hasta los huecos más tontos que tengamos a lo largo del día. Por ejemplo, yo alguna vez he tenido 10 o 15 minutos después de comer y antes de irme a clase. En ese ratito, perfectamente he podido escribir unas 500 palabras o incluso alguna más. Con tres momentos tontos de esos al día ya son 1500 palabras. No hace falta que hagamos maratones de escritura. Yo pienso que, a la larga, compensa más escribir cada día un poquito, que escribir dos veces al mes cinco capítulos seguidos. Granito a granito se hace una montaña.
Y ahora voy a aplicarme yo misma el cuento y a ver si puedo seguir escribiendo un poquito antes de irme a clase ^-^, ¡chao!
lunes, 14 de febrero de 2011
Dane de Alianza
domingo, 13 de febrero de 2011
So tired...
viernes, 4 de febrero de 2011
Scene 20: Manos
Unos ojos azules como el cielo se abrieron perezosos. No le apetecía moverse, se estaba muy bien bajo las mantas de piel y con el calor humano que le proporcionaba su compañero. Cualquier pensamiento de levantarse se alejaba aún más sabiendo el frío que haría fuera, ahora que el fuego del hogar se había apagado. Sin embargo, abrió los ojos. Le gustaba despertar y ver las ya familiares paredes de madera a su alrededor, la casa que consideraba su hogar y, por supuesto, a Shue durmiendo a su lado. Shue... para él lo era todo, pero Nanashi no sabía lo que él era para el moreno. No le importaba, él era feliz así. Era su amigo y tampoco quería esperar mucho más de su situación, al fin y al cabo, ¿quién iba a querer a una persona que no podía recordar ni siquiera su verdadero nombre? Ahuyentando esos pensamientos oscuros de su cabeza, se incorporó levemente, con cuidado de no destaparse ni a si mismo ni a su compañero, y miró por la ventana. Antes de que Shue pudiera despertarse sobresaltado, Nana ya había recogido la primera prenda que había encontrado y estaba vistiéndose a toda prisa.
-¿Nana, qué pasa? Aún es temprano para empezar el día. – Murmuró, aún más dormido que despierto. El rubio le miró con una sonrisa radiante.
-¡Mira por la ventana! – Giró la cabeza somnoliento. El terreno y las copas de los árboles que rodeaban la cabaña estaban cubiertos de blanco. ¿Se ponía así solo por un poco de nieve? La nieve no traía más que problemas, aunque, por suerte, después de tantos años había aprendido a estar preparado para recibirla.
-¡Vamos, Shue, ven! – Le gritó Nana mientras salía corriendo vestido solo con unos pantalones y una camisa. Shue sonrió, contagiado de la alegría de su compañero. Rápidamente se vistió el mismo, aunque con un atuendo más apropiado para la temperatura del exterior, y cogió una capa y unos guantes que sabía que el rubio iba a necesitar enseguida. A Shue nunca le había gustado la nieve. Solo le traía malos recuerdos y cosechas echadas a perder. Sin embargo, la imagen que le recibió en el exterior hizo que cambiara un poquito su idea. Nanashi estaba radiante rodeado de toda esa blancura, resplandeciente con la alegría de un niño pequeño la primera vez que veía caer la nieve. Su corazón se paró cuando el rubio le miró y fue hacia el corriendo.
-Ven, así solo vas a conseguir resfriarte. – Le echó cuidadosamente la capa por encima y cogió sus manos. Estaban heladas. Sin pensarlo, las cubrió con las suyas y se las acercó a los labios, para darles calor. Nanashi apartó la mirada, esperando que no viera lo sonrojado que estaba. Shue se dio cuenta de que quizá lo estaba incomodando, pero no podía soltarlo. No quería dejar de sentir esas manos entre las suyas.
lunes, 31 de enero de 2011
Adictos a la escritura: Cambio de visión, proyecto 6
Hoy no iba a ser un buen día. Cuando intenté levantar las cajas, vi un borrón negro y, de repente, toda la fruta estaba esparcida por el suelo mientras alguien me gritaba cosas que apenas podía medio entender. Sin embargo, lo único que sentía era hastío. No pude evitar reírme por dentro ante la tremenda ironía. Había conseguido sobrevivir a la masacre que sufrió mi pueblo y escapar de las manos de los esclavistas y, sin embargo, aquella cultura tan diferente y un poco de trabajo duro se me hacían insufribles. Levanté los ojos y empecé a disculparme, una vez más, ante el sacerdote que me había acompañado hasta el campo a recoger parte de la cosecha. Al fin y al cabo, esa gente me había dado cobijo y todos los días me ponían un plato de comida caliente en la mesa.
- ¿Qué ha pasado aquí? – Era la primera vez que veía a ese hombre que acababa de aparecer con el torso desnudo y más cajas cargadas de fruta. Alto, moreno, fuerte y, ¿para qué negarlo? Increíblemente guapo. Aparté los ojos para intentar que no se diera cuenta de que me había quedado mirándole, ya tenía bastantes problemas.
- El chico extranjero. – Era toda la explicación que el sacerdote creía necesaria. Ni siquiera podía molestarme o enfadarme. Ya había aprendido el primer día que para ellos no era más que “ese inútil niño extranjero”. A nadie le importaba que tuviera diecisiete años y que durante toda mi vida hubiera estado más acostumbrado a leer libros que al duro trabajo físico.
- ¿Con lo delgado que está has intentado que cargue con dos cajas a la vez? ¡No me extraña que haya liado este desastre! – Dijo el hombre mientras reía de buen grado. Le miré extrañado, porque no parecía que se estuviera riendo de mí a pesar de sus palabras. – Aún tienes que echar muchos músculos antes de que puedas con eso, muchacho.
Mientras hablaba me revolvió mis cabellos pelirrojos con su enorme mano. Sabía que me estaba tratando como a un niño y, sin embargo, no podía evitar esa sensación cálida que crecía en mi estómago. Era la primera vez que sentía el contacto de otra persona desde que me despedí de mi madre aquel día. El hombre se fue y volvió rápidamente con dos enormes cajas vacías.
- Vamos, empieza a recoger este pequeño desastre. – Pero él ya se había puesto manos a la obra. No podía entender que estaba haciendo. – Venga, cuando terminemos te ayudaré a llevar las cajas.
- Eso es trabajo del chico. – Interfirió el sacerdote de mala gana, fulminándolo en el proceso con la mirada.
- Pero es asunto mío si le ayudo o no. – Su voz firme no daba ninguna opción a réplica. Con la cara constreñida por la furia, el sacerdote se marchó dejándonos solos.
- Muchas gracias, señor. – Dije sin atreverme a levantar la mirada del suelo.
- ¿Señor? Venga ya, muchacho, apenas tengo veintiocho años. Llámame Enda. – Le miré y ví que me estaba sonriendo mientras me tendía la mano. Sabía que estaba completamente sonrojado, pero no podía apartar los ojos de su rostro.
- Emmet. – Pude decir mientras estrechaba sus manos grandes y curtidas por el duro trabajo en el campo.
- Es un buen nombre para un muchachito pelirrojo como tú. – No entendía por qué me había dicho algo así o, más bien, no quería creérmelo, así que seguí recogiendo fruta. Entonces sonreí. Me acababa de dar cuenta de que, quizá, por fin tenía un amigo en aquel extraño lugar.
Hoy no iba a ser un buen día. Estábamos en plena cosecha y los campos eran mi responsabilidad. Así que no había tenido más remedio que dejar a mi hijo de cinco años en la escuela, muerto de miedo y sin poder hacer otra cosa por él que rezar para que su madre no lo recogiera antes de que yo pudiera volver al pueblo. Era realmente triste. Nunca había querido a esa mujer, pero había sentido un gran respeto por ella. Siempre la había considerado una mujer fuerte. Es horrible lo que años de amor no correspondido podían hacerle a la mente de una persona. Había intentado mirar para otro lado, pero la culpa me corroía. Nunca tenía que haber escuchado a esos que se habían hecho llamar mis amigos, mi familia, cuando me aconsejaron que me casara con ella. Sin embargo, el daño estaba hecho y lo único que podía hacer era continuar con nuestras vidas e intentar que mis hijos no cometieran el mismo error. Por lo menos el pequeño Lyan, ya que el mayor ya ni siquiera me escuchaba.
Ese día estaban cortando las manzanas de los árboles y, habiendo cargado ya otra caja, decidí alejar aquellos pensamientos oscuros de su mente y centrarme en mi trabajo. Había visto por el rabillo del ojo llegar a uno de los sacerdotes con el muchacho extranjero que había llegado hacía poco al pueblo. Eso si que era una tragedia, me dije a mi mismo, el último superviviente de su pueblo. Encima, había llegado a un lugar en el que, aunque lo habían acogido, lo trataban como si trajera la peste con él. Las pocas aptitudes de muchacho para las labores físicas tampoco le ayudaban mucho. Ni siquiera había hablado con él todavía, pero a simple vista me parecía un buen muchacho, triste y asustado como cualquiera estaría si se quedase solo en el mundo a su edad. De repente escuché un fuerte ruido proveniente de donde estaban ellos. Fui corriendo a ver que había pasado, solo para ver al pobre muchacho con la mirada perdida, como si estuviera en otro lugar, y toda la fruta de dos cajas desperdigada por el suelo.
“El chico extranjero” era la única explicación que me dio aquel pedante sacerdote. La sangre me hervía cada vez que veía a alguien tratarlo así. Sin embargo, no era una buena idea enfrentarse a alguien de su posición.
- ¿Con lo delgado que está has intentado que cargue con dos cajas a la vez? ¡No me extraña que haya liado este desastre! – Me reí para intentar quitarle hierro a la clara acusación que no podía evitar hacer. Solo esperaba que el chico no pensase que me estaba riendo de él. No pude evitar revolverle el pelo, como hubiera hecho con mi propio hijo. Sin embargo, por alguna razón, la sensación que tuve al tocar su cabeza era algo totalmente diferente. – Aún tienes que echar muchos músculos antes de que puedas con eso, muchacho.
Fui corriendo a reponer las cajas destrozadas por otras vacías y empecé a recoger la fruta.
– Venga, cuando terminemos te ayudaré a llevar las cajas.
- Eso es trabajo del chico. – Otra vez esa actitud, pero no podía contestarle como hubiera querido.
- Pero es asunto mío si le ayudo o no. – Aunque las palabras salieron de mi boca antes de que pudiera detenerlas. El sacerdote se marchó con una cara que decía que volvería a oír de él.
- Muchas gracias, señor. – Escuché que me decía con un hilo de voz. No había derecho a que atemorizaran así al pobre muchacho, que ya no tenía a nadie que le defendiera.
- ¿Señor? Venga ya, muchacho, apenas tengo veintiocho años. Llámame Enda. – Le sonreí. Necesitaba que supiera que, sin importar lo que le dijeran, no estaba solo. No sabía por qué lo estaba haciendo. Quizá porque en los últimos años yo también sentía que toda la gente en la que había confiado se había apartado de mi lado.
- Emmet. – Me miró a los ojos y en ellos vi una mirada inteligente y, quizá, el inicio de algo que podía ser confianza. No recuerdo que le respondí, seguramente alguna tontería. Pero es que mi cerebro estaba, por alguna razón, perdido en esos ojos azules.