El joven Lyan no podía parar de andar de una pared a otra de la pequeña habitación. Los restos del fuego del hogar iluminaban levemente la que era la estancia principal de aquella casa. El muchacho paraba cada poco tiempo frente a la ventana y, mientras jugaba nerviosamente con sus cabellos oscuros, suspiraba. Cada vez el cielo estaba menos oscuro en el este y con la claridad de este aumentaban los nervios del joven. Cuando el primero de los rayos de sol tocó las montañas en la lejanía, se dejó caer derrotado al suelo. Sin embargo, no pensaba llorar, en ningún momento iba a demostrar su debilidad y su miedo al pueblo. A su pueblo. La puerta se abrió dejando pasar a un hombre alto y musculoso de cabellos tan oscuros como los de Lyan y a otro pelirrojo algo más bajito, pero igualmente fuerte.
- ¿Cómo estás, hijo? – Preguntó el hombre más alto. Lyan no hizo siquiera el esfuerzo de fingir una sonrisa. ¿Cómo iba a estar si esa misma mañana su vida iba a quedar arruinada para siempre? Intentó ponerse en pie, pero las piernas le temblaban tanto que acabó cayendo al suelo. Ambos hombres corrieron a ayudarle.
- Lyan, nosotros siempre vamos a estar a tu lado. No dejaremos que nada te suceda. – Le aseguró el pelirrojo mientras acariciaba sus cabellos en un intento de calmarlo.
- No, Emmet. Si los dioses deciden que... - Las palabras se negaban a salir de su garganta. Respiró hondo. – No somos quienes para decidir que es lo mejor para nuestro pueblo. Si los dioses quieren a ese monstruo como rey de Éan, me casaré con él y haré todo lo que esté en mis manos… - Su voz quedó enterrada bajo el fuerte abrazo de su padre, por cuyas mejillas descendían dos torrentes de lágrimas. De pronto empezó a sonar fuera el sonido de un cuerno, al que poco a poco se le fueron uniendo más.
- Los dioses son sabios, Enda. – Dijo Emmet con la voz más calmada que pudo salir de sus labios. Acariciando suavemente el brazo del hombre hizo que soltara a Lyan. Con ambas manos en los hombros del joven, le miró directamente a sus ojos verdes. - Estoy convencido de que no te dejarán en manos de Padraig.
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