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lunes, 31 de octubre de 2011

Adictos a la escritura: Especial Halloween

Vuelta a los proyectos. La inspiración ha escaseado últimamente, pero gracias a este proyecto he vuelto (y justo a tiempo para el Nanowrimo). Me encantan las historias de miedo, tanto leerlas (que no verlas en película, si quiero dormir esa noche) como escribirlas, aunque siempre tengo el miedo de que, en fin, no den miedo ^^.

Un sueño
"Creo que voy a matarte. Al fin y al cabo, esto no es más que un sueño."

Laura estaba sentada en el sofá cuando tuvo que levantarse y salir corriendo. No sabía el por qué, no sabía hacia donde, pero sí tenía claro una cosa: tenía que correr. Los pasillos informes quedaban atrás uno tras otro, conectando lugares que estaban a kilómetros de distancia los unos de los otros. Y entonces, aún sin volver la vista atrás, lo vio. En su mente el monstruo era poco más que una sombra sin forma concreta, pero eso la aterrorizaba más que ninguna otra cosa. Ahora estaba detrás y al segundo siguiente lo tenía delante, a su lado, cada vez más lejos. Cada vez más cerca. “Esto es solo un sueño” escuchaba la voz rodeándola. La iba a atrapar, tenía que salir de allí. “Creo que voy a matarte”.

−¿Qué está pasando aquí? −La voz de uno de los doctores la devolvió al mundo consciente. Miró el reloj de la mesilla: eran las tres de la mañana. Había vuelto a gritar en sueños y había despertado a su compañera de habitación quién, por supuesto, había empezado a gritar también. El doctor le inyectó algo a la otra chica que enseguida volvió a dormirse y se volvió hacia ella.

−Estoy bien, estoy tranquila −le dijo ella sin levantar la mirada antes de que abriera la boca. Aparentemente eso era todo lo que les importaba.

−Tienes que aceptar un tratamiento, no puedes pasar así todas las noches −Laura intentó no resoplar. Hacía meses que no dormía más de tres horas cada noche. Ya había intentado tomar somníferos y lo único que habían conseguido había sido encerrarla durante ocho horas de pura tortura en aquel horrible lugar de su mente. No, prefería las cosas como estaban. No se molestó en responderle. Sabía que aquel hombre nunca escuchaba realmente.

El sol le quemaba en la nuca y eso le gustaba. Tenía que aprovechar todas las horas al aire libre que le quedaban antes de que decidieran que estaba demasiado loca como para no internarla. Nadie la escuchaba, ella no estaba loca, no como el resto de gente del grupo de terapia.

−He oído que esta noche has vuelvo a gritar en sueños −le dijo una voz amable a su lado. No le gustaban los doctores, pero tenía que reconocer que ese al menos hacía el esfuerzo de escuchar lo que se le decía− ¿Quieres hablar de ello?

−¿De qué, doctor?

−Del accidente −por supuesto, de que si no. El accidente de coche había ocurrido hacía meses, ella no había ido al volante, así que sabía que no había sido culpa suya. Había lamentado la pérdida de su marido y su hermano, por supuesto, pero eso era todo. No estaba en shock y no se sentía culpable, su problema no tenía nada que ver con eso. Si estaba así era por culpa del monstruo de sus pesadillas. Apartó su mirada del médico y se volvió a mirar los árboles que la rodeaban−. Ya me habían dicho que no querrías hablar de ello.

−No es relevante, doctor. Mi problema es otro.

−Entonces háblame de ello. Háblame de tus pesadillas.

Había hablado de sus pesadillas con el primer psicólogo, pero este lo trató como algo sin importancia y la miró como si estuviera loca cuando ella insistió. Por otra parte, sabía que planeaban encerrarla de todos modos, así que no tenía mucho que perder. Y aquel hombre sabía escuchar. Suspiró y le contó que en sus pesadillas corría mientras una sombra la perseguía. Nada más.

Esa noche abrió los ojos y eran las cinco de la mañana. Había dormido dos horas más que de costumbre y, sin embargo, sentía que había pasado menos tiempo huyendo. La pesadilla había durado menos. En silencio, se levantó y salió fuera de la cabaña. Solo habían sido dos horas más, pero se sentía más despierta que nunca. De pronto, sintió una brisa en su espalda que la sorprendió, pero decidió no darle importancia. Esperó a que saliera el sol y fue a buscar al médico que escuchaba. Tenía que contarle todo sobre sus pesadillas.

Cuando lo encontró vio que tenía los ojos hinchados y ojeras, pero no le dio mayor importancia. Él la recibió con una sonrisa y, aunque pareció titubear cuando le dijo que quería hablar con él, la escuchó pacientemente. Le explicó todo: desde el lugar donde se encontraba hasta lo que sentía en cada momento de sueño. Cuando terminó sintió que se había quitado un gran peso de encima. Quizá aún no estaba todo perdido, quizá aún tenía una oportunidad de recuperar su vida.

−Espera, Laura −le dijo el médico antes de que se marchara−. Quiero que entiendas, que esta pesadilla es solo tuya.

−No le entiendo doctor.

−Esa pesadilla no es mía, no es de nadie excepto tuya −titubeó unos segundos antes de suspirar−. Solo tú puedes superarla.

¿Es qué no la había oído? ¡Ya había empezado a superarla! Al hablar un poco de ella se había hecho más corta, seguro que contándolo todo desaparecía por completo. Intentando no pensar mucho en sus palabras, salió de la habitación.

Esa noche no tuvo pesadillas, pero algo la despertó. Eran las cuatro de la mañana, pero sentía como si hubiera dormido nueve horas. Era la primera noche que descansaba de verdad desde hacía meses. No tenía sentido seguir en la cama sabiendo que no volvería a dormirse, así que se levantó y volvió a salir de la cabaña. Todo estaba rodeado de una oscuridad inimaginable para alguien que hasta entonces solo había vivido en la ciudad. En mitad de la montaña la noche tenía un color diferente.

Empezó a andar por la hierba, intentando no alejarse mucho de las cabañas. Un escalofrío recorrió su espalda. Paró en seco, intentado normalizar su respiración. “Está bien, no pasa nada”, se dijo, “es solo que he olvidado la chaqueta, eso es todo”. Dio un paso atrás. Otro escalofrió. No pasaba nada, sabía donde estaba la cabaña. Cerró los ojos y empezó a andar. Quería correr, pero no podía. “Abre los ojos” escuchó la voz frente a ella y, a la vez, a su espalda. “Esto es solo un sueño” canturreó burlona. Ella sabía que no lo era, se había despertado.

Empezó a correr, creyendo ir en dirección a las cabañas, pero sin estar totalmente segura. “Esto es un sueño, voy a matarte” la voz cada vez estaba más cerca, “igual que tú nos mataste a nosotros”. Abrió los ojos de golpe. La voz tenía razón, aquello era un sueño. Tenía que serlo porque estaba flotando en el aire y su marido y su hermano estaban con ella.

−No sé como pudo pasar. Se encontraba mucho mejor. Ayer mismo estuve hablando con ella y hubiera jurado que se recuperaría en cuestión de semanas. Parecía que el estar aquí era justo lo que necesitaba −la voz del médico estaba contraída por la frustración y el nudo que sentía en la garganta. Antes de irse a dormir se había asegurado de que todas las puertas estaban cerradas, como todas la noches. Había pasado a su habitación y ella había estado durmiendo con la expresión más calmada que había visto nunca en la mujer. No sabía que había podido ir mal. Lo último que hubiera esperado esa mañana era que le dijeran que habían encontrado el cadáver de Laura en el fondo de uno de los acantilados.

jueves, 27 de octubre de 2011

Cosas que he aprendido escribiendo el ejercicio de este mes.

1- La fórmula mágica de la concentración es sonido de lluvia+té+incienso.
2- Eso de escribir en el escritorio es para burgueses. Lo mio es escribir con el portátil tirada en la cama.
3- Cuando intentas forzar una historia no consigues más de 50 palabras por día. Eso sí, cuando por fin encuentras la manera correcta de contar una historia, las palabras se plasman solas en la pantalla.
4- Cuando estás nervioso, nada mejor que escribir un rato para calmar los nervios.

En definitiva, que después de estar días y días intentando escribir el ejercicio de este mes, esta tarde he conseguido sentarme y escribir la historia de un tirón.
Por otra parte... ¡cuatro días para que comience el Nanowrimo! Tengo... bueno, tengo más de lo que tenía el año pasado. Sé más o menos de que va la historia, el tono que quiero que tenga y (hecho insólito y sin precedentes) todos los protagonistas tienen nombre (que no apellidos).
Espero pasármelo muy bien este mes de noviembre. La protagonista es una vieja conocida, la encantadora Blue. Ya escribí un relato muy corto sobre ella y Black para otro ejercicio del grupo y desde entonces ha madurado y cambiado bastante (aunque sigue siendo el algodoncito de azúcar que todos adoran).
Lo que más a cambiado es el mundo en el que se mueve y la gente que la rodea. En un principio la historia la planeé para que fuera una historia romántica, pero mis instintos me pueden y al final va a ser más bien fantasía urbana.

lunes, 11 de julio de 2011

Adictos a la escritura, proyecto de julio

Uff, pensaba que no iba a llegar a tiempo. De hecho, ayer por la tarde aún estaba preguntándome que diablos iba a escribir, jeje. Hoy se cumple un año (¡feliz cumple!) desde que nació el grupo "Adictos a la escritura". Yo llegué justo cuando finalizó el primer proyecto, así que para mi ha sido un casi año en el que lo he pasado muy bien con los proyectos de cada mes (aunque me he saltado mas de los que me gustaría). El caso es que el tema para el reto de este mes era "cumpleaños", y por desgracia esa es una palabra que a mi no me inspira mucho. Al final lo que me encendió la bombilla fue una mezcla de cierto musical (y libro y serie) y un proyecto a muy largo plazo basado en este. Bueno, dejo de soltar rollos y dejo lo importante, el relato de este mes, enjoy!

El permiso del fugitivo

Miró al cielo y vio que el sol empezaba a caer. Ya veía el mar en la distancia y sabía que al ritmo que iba llegaría justo al anochecer. Aún así, picó espuelas esperando no agotar demasiado a su caballo en los últimos kilómetros que le quedaba para llegar a la playa. Sabía que era absurdo, que por mucho que corriera el sol no iba a desaparecer más deprisa y que no pasaría nada hasta que no acabara el día y pudiera ver las estrellas en el cielo. Todos los años esperaba con ansia que llegara el día 11 del séptimo mes, el cumpleaños de su amado y odiado John.
Cuando llegó a la playa el sol aún le calentaba los brazos, pero aún así se dio prisa en bajar los fardos que llevaba su montura y en preparar una tienda decente para pasar la noche. Una vez el pequeño campamento estuvo montado, recorrió los alrededores juntando ramitas y troncos secos que apiló frente al mar. Solo entonces, se sentó a esperar. Justo cuando el último rayo de luz desaparecía en el cielo vio una antorcha que le iluminaba.
Allí estaba él, radiante como siempre a pesar de vivir en constante huída. Al principio, antes de que todo empezara, había sido hermoso, muy hermoso, pero ahora el sufrimiento se reflejaba en sus arrugas y en su pelo blanco. Sin embargo, para él seguía siendo el hombre más guapo de toda la Tierra. Además, a él los años no lo habían tratado mucho mejor. ¿Cuánto tiempo había pasado? Quince, veinte años… demasiados, sin ninguna duda. Sin decir una palabra, entró en el campamento y encendió la pequeña hoguera.
−Wilson. −Dijo finalmente casi sin mirarle a la cara. Se sentó a su lado, acercándose tanto como pudo a la hoguera.
−John, −respondió sin apartar los ojos de aquella figura que, pese a los años, seguía siendo poderosa. Entonces vio que estaba empapado−, ¿por dónde has venido este año?
−Señor inspector, −dijo con una sonrisa en sus labios−, creía que hoy era mi día de permiso. Deje sus interrogatorios para cuando consiga por fin echarme el guante… si es que lo consigue alguna vez. −Había pasado quince… o quizá veinte años intentando arrestar a ese hombre y, aunque en ocasiones había llegado a rozarlo con los dedos, nunca lo había conseguido. Aún así no perdía la esperanza−. Hoy es mi cumpleaños, que no se te olvide.
−No, no lo olvido. −Respondió mientras alargaba la mano para tocar su rostro y obligarle a mirarle a los ojos. Allí aún vivía aquel brillo que cautivara su corazón tantos años atrás, un brillo que ni siquiera los largos años a la fuga habían podido tocar−. El único día del año en el que yo dejo de ser un policía y tú mi fugitivo.
−Es un buen regalo. Si no hiciéramos esto no volveríamos a vernos jamás −comentó con su habitual sonrisa torcida.
−No digas eso, no sería capaz de vivir sin ti −y era verdad, pero siempre se castigaba mentalmente por ser tan sincero con él. Ya bastante creído se lo tenía.
−Lo sé −respondió mientras le pasaba un brazo por los hombros para atraerlo hacia él. Wilson se dejó llevar y apoyó la cabeza en su hombro. La primera vez que hicieron eso había acabado con una sensación extraña en el estómago. Durante semanas fue incapaz de mirar a ninguno de sus compañeros a la cara, sabiendo que había tenido entre sus brazos a un criminal y lo había dejado marchar. Sin embargo, la alternativa no habría sido mucho mejor, ya que para detenerlo habría tenido que romper la promesa que le había hecho a John y él era un hombre que nunca rompía sus promesas. Con el paso del tiempo la culpa se había hecho más llevadera, pero nunca había llegado a desaparecer del todo. Aún así, no podía evitar esperar con ansía esos cumpleaños.
−Este año no escaparás.
−Claro, claro. Igual que el año pasado y el anterior.
−Este año te atraparé.
−Lo que tú digas −Lo atrajo más hacia si para rozar sus labios en un suave beso−, pero te repito que hoy es mi cumpleaños, vamos a celebrar.
−Sí… −suspiró−, feliz cumpleaños.
Sin una palabra más se dejó llevar por sus fuertes brazos, por sus suaves palabras. Sabía que John disfrutaría de aquella noche al máximo, siempre se le había dado bien vivir el momento. Sin embargo, entre aquella maraña de amor y placer, Wilson no podía evitar pensar en el largo año que le esperaría por delante persiguiendo a aquel hombre al que tanto amaba. Sobre ellos, la luna continuaba su camino y el azul del cielo había dejado de ser tan oscuro cuando, por fin, Wilson cayó rendido sobre la arena, incapaz de mantenerse despierto ni un segundo más.
Tenía la sensación de apenas haber dormido unos minutos, pero cuando escuchó los graznidos de las gaviotas y abrió los ojos vio el sol sobre él. Miró a su alrededor, sabiendo de antemano que iba a encontrar. El mar frente a él, la hoguera fría desde hacía horas a su lado y una carta sujeta al suelo con una concha. “Hasta el año que viene” rezaba la elegante caligrafía. Igual que todos los años. Suspirando, empezó a recoger el campamento y a cargar a su caballo para volver a la ciudad.

martes, 24 de mayo de 2011

Adictos a la escritura. Ejercicio de mayo: microrrelato

En fin, no os confiéis, que hasta dentro de un mes me temo que no voy a volver a escribir nada en ninguno de los dos blogs. Ahora tengo excusa, porque este viernes empiezo los exámenes, pero me temo que no tiene perdón que haya estado casi un mes sin escribir nada xD
Bueno, este es mi pequeño aporte para el ejercicio de este mes de Adictos. En esta ocasión teníamos que escribir un microrrelato y no podía fallar, me encantan los microrrelatos. ¡Espero que os guste!

RASCACIELOS
Cuando el último árbol cayó, una lágrima rodó por su rostro. La guerra había acabado y, esta vez, parecía que habíamos perdido. Yo no quise mirar, pero tan solo era un gesto simbólico. Todo a nuestro alrededor era pura desolación, mirara donde mirara solo iba a encontrar aquellas enormes moles grises que se amontonaban hacia el cielo. No podíamos seguir allí. Aquel lugar, quizá el mundo entero, estaba acabado. Tiré de su mano, quise caminar y que nos alejáramos de ese lugar, pero ya era demasiado tarde: sus pies habían empezado a echar raíces en aquel suelo polvoriento. Con una triste sonrisa, decidí quedarme a su lado. El bosque no podía morir.

jueves, 31 de marzo de 2011

Adictos a la escritura: Regálame una foto

Madre mía, cuanto tiempo sin postear nada por aquí. Odio la universidad, menos mal que está "Adictos a la escritura" para "obligarme" a escribir algo de vez en cuando. Estaba deseando que saliera este ejercicio, es curioso ver como una imagen puede inspirar cosas tan distintas a distintas personas. En fin, esto es lo que me ha inspirado a mí esta playa paradisiaca ;):



“Decidí esperarle”, pensó sentada sobre la arena con una bolsa de deporte tirada a su lado, “decidí esperarle sabiendo que él nunca vendría”. Cualquiera pensaría que con tan deprimentes pensamientos sus ojos estarían cargados de lágrimas, pero en su rostro ni siquiera se podían ver los surcos dejados por un llanto ya agotado. La muchacha le limitaba a mirar fríamente la línea, casi imperceptible en un día tan soleado, que separaba el cielo y el mar. Aquella playa le traía muchos recuerdos, por eso había decidido citarle allí. En esa playa había corrido desnuda cuando no era más que una niña, allí había reído con sus amigas mientras charlaban sobre tonterías de adolescentes y bajo ese cielo azul había conocido al amor de su vida. Mirando el mismo infinito mar azul, así lo había encontrado cuando le conoció. Sus ojos sí estaban cargados de lágrimas que derramaba sin siquiera un atisbo de vergüenza. Cuando ella vio tan enternecedora imagen supo que jamás podría sacárselo de la cabeza. ¿Qué le pasaba a ese pobre muchacho? Se preguntaba ahora, sentada en la arena sin mover ni un músculo. Le había respondido, de eso estaba segura, pero era incapaz de recordar qué. Solo recordaba la sonrisa que consiguió arrancarle y sus ojos, azules como el mar que contemplaban. “Me llamo Daniel, vivo aquí”. No era un rezagado turista aprovechando los últimos días del verano y eso le gustó, porque así podría verle tantas veces como quisiera. “Tengo 18 años”, igual que ella, pero él no quería estudiar en la universidad. Amaba... amaba los motores, creía recordar. Sí, le gustaban las máquinas, quería ser mecánico. Eso también le gustó, porque no se iría a otra ciudad y podría quedarse a su lado. El sol caía implacable sobre su nuca, quemándole tan fuerte que empezaba a hacerle daño, pero no le importaba, porque ella había decidido esperarle, aunque supiera que era imposible que viniera. Desde que se conocieron habían charlado, tomado cafés y paseado. Pasaron las semanas y, un día, Daniel volvió a sonreír de corazón. Qué bien, ya habría superado lo que sea que le pasase en la playa, eso es lo que ella pensaba. “¿Por qué has vuelto a sonreír?” le había preguntado. Él le respondió, pero ella era incapaz de recordar la respuesta. Ese día estaban en su casa, preparando palomitas para una noche viendo películas. Ella iba a besarle esa noche. Ya habían decidido verse en la playa al día siguiente, dar un paseo y charlar. Ella había planeado besarle allí, frente al mar azul como sus ojos, pero tenerlo tan cerca esa noche le hizo cambiar de planes. Y entonces él respondió a su pregunta. Miraba absorta el mar, ¿la respuesta? Después de la respuesta ya no quería besarle. No la recordaba bien, pero él le habló de un hombre... o quizá era una mujer, poco el importaba. Él le habló de amor, de un nuevo amor en su vida, de un amor que no era ella, que nunca lo sería. Y ella sintió una furia que nunca antes había conocido. Al recordar aquel horrible momento tenía que sentir dolor y llorar, pero, por alguna razón, no podía. Había un cuchillo en la mesa, pero no recordaba en que momento lo había cogido. Mirando ese mar azul no recordaba que había pasado, porque mirar a ese mar era como mirarle a los ojos. Sus ojos llenos de dolor antes de cerrarse para siempre. "Él no va a venir, pero he decidido esperarle”.

lunes, 31 de enero de 2011

Adictos a la escritura: Cambio de visión, proyecto 6

Creía que no llegaba a tiempo. Acabo de terminar de revisar el ejercicio de este mes y, aunque no estoy especialmente contenta, aquí está:

Hoy no iba a ser un buen día. Cuando intenté levantar las cajas, vi un borrón negro y, de repente, toda la fruta estaba esparcida por el suelo mientras alguien me gritaba cosas que apenas podía medio entender. Sin embargo, lo único que sentía era hastío. No pude evitar reírme por dentro ante la tremenda ironía. Había conseguido sobrevivir a la masacre que sufrió mi pueblo y escapar de las manos de los esclavistas y, sin embargo, aquella cultura tan diferente y un poco de trabajo duro se me hacían insufribles. Levanté los ojos y empecé a disculparme, una vez más, ante el sacerdote que me había acompañado hasta el campo a recoger parte de la cosecha. Al fin y al cabo, esa gente me había dado cobijo y todos los días me ponían un plato de comida caliente en la mesa.

- ¿Qué ha pasado aquí? – Era la primera vez que veía a ese hombre que acababa de aparecer con el torso desnudo y más cajas cargadas de fruta. Alto, moreno, fuerte y, ¿para qué negarlo? Increíblemente guapo. Aparté los ojos para intentar que no se diera cuenta de que me había quedado mirándole, ya tenía bastantes problemas.

- El chico extranjero. – Era toda la explicación que el sacerdote creía necesaria. Ni siquiera podía molestarme o enfadarme. Ya había aprendido el primer día que para ellos no era más que “ese inútil niño extranjero”. A nadie le importaba que tuviera diecisiete años y que durante toda mi vida hubiera estado más acostumbrado a leer libros que al duro trabajo físico.

- ¿Con lo delgado que está has intentado que cargue con dos cajas a la vez? ¡No me extraña que haya liado este desastre! – Dijo el hombre mientras reía de buen grado. Le miré extrañado, porque no parecía que se estuviera riendo de mí a pesar de sus palabras. – Aún tienes que echar muchos músculos antes de que puedas con eso, muchacho.

Mientras hablaba me revolvió mis cabellos pelirrojos con su enorme mano. Sabía que me estaba tratando como a un niño y, sin embargo, no podía evitar esa sensación cálida que crecía en mi estómago. Era la primera vez que sentía el contacto de otra persona desde que me despedí de mi madre aquel día. El hombre se fue y volvió rápidamente con dos enormes cajas vacías.

- Vamos, empieza a recoger este pequeño desastre. – Pero él ya se había puesto manos a la obra. No podía entender que estaba haciendo. – Venga, cuando terminemos te ayudaré a llevar las cajas.

- Eso es trabajo del chico. – Interfirió el sacerdote de mala gana, fulminándolo en el proceso con la mirada.

- Pero es asunto mío si le ayudo o no. – Su voz firme no daba ninguna opción a réplica. Con la cara constreñida por la furia, el sacerdote se marchó dejándonos solos.

- Muchas gracias, señor. – Dije sin atreverme a levantar la mirada del suelo.

- ¿Señor? Venga ya, muchacho, apenas tengo veintiocho años. Llámame Enda. – Le miré y ví que me estaba sonriendo mientras me tendía la mano. Sabía que estaba completamente sonrojado, pero no podía apartar los ojos de su rostro.

- Emmet. – Pude decir mientras estrechaba sus manos grandes y curtidas por el duro trabajo en el campo.

- Es un buen nombre para un muchachito pelirrojo como tú. – No entendía por qué me había dicho algo así o, más bien, no quería creérmelo, así que seguí recogiendo fruta. Entonces sonreí. Me acababa de dar cuenta de que, quizá, por fin tenía un amigo en aquel extraño lugar.

Hoy no iba a ser un buen día. Estábamos en plena cosecha y los campos eran mi responsabilidad. Así que no había tenido más remedio que dejar a mi hijo de cinco años en la escuela, muerto de miedo y sin poder hacer otra cosa por él que rezar para que su madre no lo recogiera antes de que yo pudiera volver al pueblo. Era realmente triste. Nunca había querido a esa mujer, pero había sentido un gran respeto por ella. Siempre la había considerado una mujer fuerte. Es horrible lo que años de amor no correspondido podían hacerle a la mente de una persona. Había intentado mirar para otro lado, pero la culpa me corroía. Nunca tenía que haber escuchado a esos que se habían hecho llamar mis amigos, mi familia, cuando me aconsejaron que me casara con ella. Sin embargo, el daño estaba hecho y lo único que podía hacer era continuar con nuestras vidas e intentar que mis hijos no cometieran el mismo error. Por lo menos el pequeño Lyan, ya que el mayor ya ni siquiera me escuchaba.

Ese día estaban cortando las manzanas de los árboles y, habiendo cargado ya otra caja, decidí alejar aquellos pensamientos oscuros de su mente y centrarme en mi trabajo. Había visto por el rabillo del ojo llegar a uno de los sacerdotes con el muchacho extranjero que había llegado hacía poco al pueblo. Eso si que era una tragedia, me dije a mi mismo, el último superviviente de su pueblo. Encima, había llegado a un lugar en el que, aunque lo habían acogido, lo trataban como si trajera la peste con él. Las pocas aptitudes de muchacho para las labores físicas tampoco le ayudaban mucho. Ni siquiera había hablado con él todavía, pero a simple vista me parecía un buen muchacho, triste y asustado como cualquiera estaría si se quedase solo en el mundo a su edad. De repente escuché un fuerte ruido proveniente de donde estaban ellos. Fui corriendo a ver que había pasado, solo para ver al pobre muchacho con la mirada perdida, como si estuviera en otro lugar, y toda la fruta de dos cajas desperdigada por el suelo.

“El chico extranjero” era la única explicación que me dio aquel pedante sacerdote. La sangre me hervía cada vez que veía a alguien tratarlo así. Sin embargo, no era una buena idea enfrentarse a alguien de su posición.

- ¿Con lo delgado que está has intentado que cargue con dos cajas a la vez? ¡No me extraña que haya liado este desastre! – Me reí para intentar quitarle hierro a la clara acusación que no podía evitar hacer. Solo esperaba que el chico no pensase que me estaba riendo de él. No pude evitar revolverle el pelo, como hubiera hecho con mi propio hijo. Sin embargo, por alguna razón, la sensación que tuve al tocar su cabeza era algo totalmente diferente. – Aún tienes que echar muchos músculos antes de que puedas con eso, muchacho.

Fui corriendo a reponer las cajas destrozadas por otras vacías y empecé a recoger la fruta.

– Venga, cuando terminemos te ayudaré a llevar las cajas.

- Eso es trabajo del chico. – Otra vez esa actitud, pero no podía contestarle como hubiera querido.

- Pero es asunto mío si le ayudo o no. – Aunque las palabras salieron de mi boca antes de que pudiera detenerlas. El sacerdote se marchó con una cara que decía que volvería a oír de él.

- Muchas gracias, señor. – Escuché que me decía con un hilo de voz. No había derecho a que atemorizaran así al pobre muchacho, que ya no tenía a nadie que le defendiera.

- ¿Señor? Venga ya, muchacho, apenas tengo veintiocho años. Llámame Enda. – Le sonreí. Necesitaba que supiera que, sin importar lo que le dijeran, no estaba solo. No sabía por qué lo estaba haciendo. Quizá porque en los últimos años yo también sentía que toda la gente en la que había confiado se había apartado de mi lado.

- Emmet. – Me miró a los ojos y en ellos vi una mirada inteligente y, quizá, el inicio de algo que podía ser confianza. No recuerdo que le respondí, seguramente alguna tontería. Pero es que mi cerebro estaba, por alguna razón, perdido en esos ojos azules.

miércoles, 20 de octubre de 2010

Adictos a la escritura: Creación de personaje 2

No me puedo creer que esté posteando mientras hago la comida a estas horas de la mañana -_- en fin, la vida del estudiante. ¡Vamos a cosas más divertidas!
Blue. Alguien intentó advertirme de que sería un personaje difícil, pero como siempre yo dije "no, que va"... hasta que me tocó escribir y me di cuenta de que no tenía ni idea de que escribir con ella. Pensaba escribir sobre cuando Blue conoce a Black, pero esa escena tenía e invitaba mucho al dramatismo y estoy cansada de que todas las historias que he visto sobre transexuales sean dramones. Yo quería algo más feliz, alguna escena de la vida cotidiana. El problema con esto era que claro, si en un relato no ocurre nada es bastante complicado de escribir. Así que al final he optado por una especie de opción intermedia. Hay un diminuto toque de drama y, aunque los personajes no están en una situación típica de la vida cotidiana de cualquier persona, si que hay alguna muestra de cotidianidad. Sin más, os dejo con el relato, ¡espero que os guste y poder leer pronto (mañana) los vuestros!

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ORO AZUL

La luz se apagó de repente y, aunque no podía verle la cara, Blue sabía perfectamente que Black estaba pensando que no debía de haberse dejado llevar por las circunstancias tan fácilmente. Ella fingía estar tranquila por su bien, pero no podía evitar sentir el cosquilleo del miedo en su estómago. Era cierto que no era la primera vez que se quedaba atrapada en un sitio en el que se suponía que no debía de estar, pero siempre había estado con Bio. Quedarse encerrada con una ex-espía profesional le daba cierta seguridad que no podía darle un chico de su misma edad, por muy guapo y amigo suyo que fuera.

- ¿Ahora qué hacemos? – Le preguntó Black intentando inútilmente disimular su miedo.

- Esperar instrucciones, enseguida vendrán a recogernos. – Le contestó mientras sacaba su móvil. Les habían dejado el trabajo a ellos, pero sabía que si le mandaba un mensaje de socorro a Bio, su amiga estaría preparada para ir corriendo a rescatarlos.

- Tienes mucha confianza en esa chica de pelo lila. – Dijo el chico distraídamente mientras se sentaba en el suelo, aunque no pudo evitar que su voz sonara algo tensa. ¿Qué era eso? A Blue le había parecido escuchar algo en su voz que en cualquier otra circunstancia habría identificado rápidamente como celos. Sin embargo, sabía que tenía que ser muy tonta para creer que un chico como Black pudiera estar celoso por ella. Los chicos guapos y simpáticos no se enamoraban de las chicas transexuales y eso ya lo había aprendido por las malas.

- No sería la primera vez que me saca de una situación así. – Contestó como si no hubiera escuchado nada raro, sentándose a su lado con cuidado de que no se le subiera la falda. Le encantaba llevarla, pero aún no la tenía del todo dominada y tenía que andarse con cuidado. “Espero que Bio llegue prontó”, pensó. No sabía por qué, pero, de repente, se sentía incómoda estando a solas con él. Estaba segura de que Black ya se había arrepentido de haber venido con ella. Parecía una misión sencilla, pero ahora estaban encerrados en un instituto por un corte eléctrico que nadie podía haber previsto. ¿A quién se le habría ocurrido fabricar un edificio con puertas y ventanas que solo se abrían con electricidad?

La razón por la que estaban en un instituto futurista en mitad de la noche era sencilla. Bio trabajaba como camarera para Gold, amiga y salvadora de ambas. Extraoficialmente también se encargaba de pequeños trabajos al margen del bar. Eran cosas sencillas y no demasiado ilegales, al menos las que Blue conocía, que eran en las que le dejaban participar. Solo se trataba de cosas como encontrar a algún perro perdido o, en este caso, recuperar unos libros robados.

Un pobre chico les había pedido que recuperaran sus libros del instituto, que algún idiota de su clase había robado simplemente porque le había parecido divertido. Aparentemente nadie iba a mover un dedo por él, así que Blue no había tenido muchas opciones. Tenía que ayudarle, a ella también le hubiera gustado que alguien le hubiera tendido una mano mucho antes. El caso es que Black estaba presente y, por alguna razón, insistió en acompañarla. Apenas se habían conocido dos semanas atrás, pero en unos pocos días eran ya amigos inseparables.

- Eh, ¿estás bien? – Le preguntó preocupada. Era raro que Black estuviera tanto tiempo sin abrir la boca.

- S… sí, ¿por qué preguntas?

- Es que estás temblando, ¿tienes frío?

- Un poco. – Sabía que era mentira, a menos que el chico fuera extremadamente friolero y ella no se hubiera dado cuenta antes. Aún así, sin pensárselo dos veces, se acercó más a él y le abrazó. Los abrazos estaban permitidos, ¿verdad? Era su amigo y era lo mínimo que podía hacer por él. Sintió como el cuerpo del chico se tensaba ante el repentino contacto, pero también como rápidamente se relajaba entre sus brazos. Black le devolvió el abrazo y apoyó su cabeza en el hombro de Blue.

- ¿Mejor así? – Le preguntó con una voz tan tierna como si le estuviera hablando a un gatito pequeño.

- No sabes cuanto, princesa. - La chica no pudo evitar sonrojarse. El mismo día que se conocieron le contó que, en realidad, era una chica. Desde entonces, a la más mínima oportunidad le soltaba algún piropo de ese estilo, pero aún no había conseguido acostumbrarse. Al principio incluso le enfadaba que le dijera esas cosas, aunque no le quedó más remedio que aprender a disfrutar de ello. Black no iba a dejar de decirle “preciosa” o “princesa” por nada del mundo. El repentino sonido del móvil los sacó a ambos de ese momento de tranquilidad, aunque no por ello rompieron su abrazo.

- Bio viene ya, dice que vayamos a la puerta trasera. – Le informó, intentando que no notase en su voz la decepción que sentía. Esperaba poder pasar sólo un ratito más así con él. Aún así, los dos siguieron sin moverse.

- Mmm… ¿cuánto crees que tardará? – Preguntó Black mientras miraba el techo pensativo.

- Por lo menos la media hora andando que hay desde el bar, quizá un poco más. - Respondió, dejando claro en el tono de su voz que le encantaría que fuera un poco más. Sabía que Black estaba pensando en algo y ella no iba a ser quien lo detuviera.

- Está bien, creo que tengo tiempo. – Su voz parecía tener tintes de derrota, pero sonreía casi triunfante. Blue no tenía ni idea de que podía estar pasándole por la cabeza. Lentamente, casi como si le doliera, se separó de ella para rebuscar a ciegas en su mochila. No parecía encontrar lo que fuera que estuviera buscando y cada vez se estaba poniendo más nervioso. A Blue le pareció encantador como intentaba parecer calmado cuando estaba claro que cada vez estaba más inquieto. Sonriendo, se acercó para iluminarle el contenido de la mochila con su móvil. El chico se volvió para agradecérselo con una sonrisa antes de volver a su tarea.

- ¡Ajá, aquí estás, maldito bastardo! ¡Nadie puede esconderse de mí! – Una de las cosas que Blue adoraba de Black era que siempre conseguía hacerle reír, incluso en situaciones como aquella. Sin embargo, la mirada del joven cambió de un momento a otro, poniéndose mucho más serio de lo que nunca lo había visto. Durante un segundo intentó mirarla a los ojos, pero al final desvió su vista a la luna que les iluminaba a través de las ventanas.

- Toma, esto es para ti. – Le dijo mientras le tendía un pequeño paquete. En el poco tiempo que se conocían, a Blue le había quedado claro que a Black le gustaba hacer regalos porque sí. La misma ropa que llevaba puesta había sido un regalo suyo apenas un par de días después de conocerse. Abrió con cuidado el envoltorio para revelar un precioso pasador azul en forma de mariposa. Sintió como se le encogía el corazón y las palabras se negaban a abandonar sus labios.

- No digas nada. – Dijo cuando abrió la boca para intentar darle las gracias. – Una dama como tú se merecería un anillo de diamantes, pero pensé que esto te gustaría más.

- ¡Claro que sí, tonto! ¿Quién querría unos absurdos diamantes?

- Sh. – Volvió a callarle mientras miraba la pared con el ceño fruncido. Después de unos segundos de concentración relajó sus músculos y suspiró. – Ves, ya no me acuerdo por donde iba.

- ¿Me estás dando un discurso? – Le preguntó la chica con una sonrisa burlona.

- Para, esto es importante y quería hacerlo bien, por eso... - Empezó a farfullar.

- Venga, Black. Somos amigos, ¿no? Si tienes que decirme algo, dilo sin más. – Aún así, el chico se quedó mirando el vacío mientras Blue se ponía cada vez más nerviosa. ¿Qué era eso tan importante que tenía que decirle y por qué no se lo decía ya? Lentamente, Black se levantó… para mirar la luna a través de las ventanas. – Black, yo no quiero meterte prisa ni nada, pero me estás poniendo de los nervios.

- Jeje, perdona. – Finalmente se volvió con la sonrisa más hermosa y sincera que jamás había visto en su vida. – Te quiero.

- Menuda novedad. – Respondió rápidamente Blue, intentando quitarle dramatismo a la situación. Por un segundo su corazón había dejado de latir, pero se repetía una y otra vez que era imposible que realmente quisiera decir eso. – Somos amigos, es normal que nos queramos.

- No, Blue. Eres una mujer encantadora y preciosa y te quiero. – Aquellas palabras abandonaron la boca de Black con tanta seguridad que hicieron que se estremeciera. Notaba como las lágrimas empezaban a acumularse en sus ojos.

- ¿Cómo vas a quererme, idiota? Si con lo guapo que eres podrías salir con alguien normal. – No sabía porque había dicho esas palabras que hirieron a ambos en el mismo momento que salieron de su boca. Agachó la cabeza avergonzada, incapaz de ver el dolor en su rostro.

- No pasa nada si no me quieres, solo quería que lo supieras. - Dijo finalmente dándose la vuelta para mirar otra vez por la ventana. Blue no necesitó nada más para levantarse y abrazarle.

- ¿Cómo no voy a quererte? Aunque seas un poco tonto, sigues siendo el hombre de mis sueños. – Con un suspiro de alivio se dio la vuelta y la envolvió en sus brazos. Sonriéndole, cogió el pasador de su mano y se lo colocó en el pelo, acariciándolo como si fueran hilos de oro azul. Entonces la besó a la luz de la luna que entraba por la ventana. Todo era nuevo para ellos, pero a la vez era como si hubieran estado así toda la vida.

- Chicos, os dije que vinierais a la puerta. – Una voz monótona a sus espaldas les sacó de golpe del encantamiento.

- ¡Bio! Que bien, ya podemos irnos. – Dijo nerviosa mientras corría a recoger su mochila. En un susurro, tan rápido que Black pensó por un momento que sólo lo había oído en su mente, Bio le dijo “cuida bien de ella”.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Proyecto adictos: ficha de personaje

Bueno, este es el primer proyecto en el que participo del grupo adictos a la escritura ^_^ Había que crear un personaje y decidí darle forma a una idea que se me había ocurrido a principio de mes. Ha sido raro e incluso un poco difícil. A mi me encanta crear personajes, pero normalmente empiezo con una idea muy básica y cuatro características y realmente voy creando el personaje conforme voy escribiendo sobre él. Así que tener a la encantadora Blue lista sin escribir sobre ella ha sido raro, aunque imaginarme varias escenas de su vida cotidiana me ha ayudado bastante.
Eso sí, ahora mismo no tengo ni idea de que relato voy a escribir sobre ella... En fin, aquí parece un poco largo, pero juro solemnemente que en word era una página justa.


Nombre: Blue (es un apodo, pero nadie que le quiera le llama por su nombre de pila).
Edad: 17

Sexo: Chica (nacida con cuerpo de chico).

Estatura: 1’75

Complexión: Delgadita.

Pelo: Su color natural es negro, pero le gusta tintárselo de azul. Lo lleva largo, un poco más allá de los hombros.

Ojos: Azules claros y grandes.

Atuendo: Le gusta llevar ropa azul y negra, con bastante influencia gótica. Prefiere las faldas y los vestidos a los pantalones, por lo que sólo los lleva en el instituto (llevan uniforme) y en casa, cuando están sus padres (que son bastante “tradicionales”). Le gustan mucho los motivos de mariposas y tiene un pasador de pelo con una mariposa azul que adora y que suele llevar puesto, ya sea en el pelo o como broche en su ropa.

Personalidad: Es una chica muy dulce, adorable y terriblemente sensible. Es incapaz de ver a alguien sufrir y no hacer nada por ayudar, incluso aunque sea alguien que le haya hecho daño. Esta parte de su personalidad le da rabia a ella misma, le gustaría poder desearle el mal a la gente que se lo ha hecho a ella para no sentirse tan tonta.

Es muy inteligente, pero le cuesta concentrar su atención en una sola tarea durante mucho tiempo, por lo que sus notas en el instituto son más bien normalitas.

Es de naturaleza extrovertida y valiente, pero la vida le ha enseñado que número de personas en las que puede confiar es muy limitado y que es mejor ser prudente (rayando el miedo) con el resto, así que puede parecer tímida o incluso borde con los desconocidos, pero con la gente en la que confía se muestra siempre alegre y habladora.

Ante los desconocidos le gusta aparentar ser fría y calculadora, para parecer más fuerte de lo que realmente cree que es. Es su forma de protegerse de la gente que no conoce.

Le encantan los animales, sobre todo los perros, y le encantaría tener un perro-lobo de mascota, aunque como ahora vive en un piso con sus padres no puede.

Odia el alcohol en general y la cerveza en particular, sólo bebe agua y refrescos naturales varios. Adora la comida picante y mucha gente se sorprende al ver como puede comer tranquilamente comida que hace que otros echen fuego por la boca.

Pasado: Siempre ha tenido una vida aparentemente normal, aunque desde pequeña sabía que era diferente al resto de niños, pero no sabía por qué. Lo que más marcó su vida fue el conocer a la que ahora es su mejor amiga, Violet (también conocida como Bio) ya que gracias a ella se dio cuenta que no tenía sentido el daño que se estaba haciendo a sí misma solo por no querer reconocer que era una mujer. Sin embargo, aunque consiguió reconocerlo para sí misma, seguía siendo incapaz de comportarse como realmente era. Además, el resto de chicos solían acosarla e incluso pegarle y Violet no podía estar con ella para protegerla. Lo segundo que más marcó su vida fue conocer a los gemelos Black y Red, sus primeros amigos de su edad y sus “guardaespaldas”. Por una parte, gracias a ellos empezó a sentirse más segura de sí misma (y más segura en general) y a vivir su vida tal y como quería. Por otra, conoció por primera vez lo que era amar a alguien y ser correspondida y su relación con Black es conocida incluso en el instituto (los únicos que no saben nada son los padres de Blue).